
Un hombre vende higos chumbos en un carrito cerca de una de las muchas entradas a la medina. Por unos pocos dirhams, te los pela con sus manos para poderlos degustar directamente. En una tiendecita en la que dos jóvenes trabajan, con apenas espacio, preparan dulces marroquíes. Alfombras repartidas por la calle llenas de zapatos, pantalones y cinturones.
Niños, mujeres, hombres, de todas las edades, se mueven de un sitio a otro por las arterias de la medina; vendedores que gritan sus ofertas, hablan con los demás, fuman o no se despegan su móvil. Todos sincronizados, con un orden que no se aprecia a simple vista. Sin prisa y sin querer o queriéndolo bombean el corazón del centro histórico de la ciudad.
Es el mayor enclave comercial de Rabat. Todo cuanto quieras buscar, con paciencia, lo puedes encontrar y muchas veces a mejor precio que en otros sitios de la ciudad. De noche, antes de cenar, es el momento en que las callejuelas se llenan de personas que simplemente pasean, se paran a regatear o consultar algún precio, a hablar mientras avanzan compactados en una marea humana de la que solo te puedes dejar llevar.
